¿Qué nos está pasando…?

 

 

 

La encuesta nacional de salud certificaba que el 22% de los españoles tiene propensión  a sufrir trastornos relacionados con la salud mental. Uno de cada cinco encuestados confiesa que se siente habitualmente triste, nervioso, atemorizado, en vilo. Fatal. El Ministerio de Sanidad ya alertó sobre el desaforado consumo de psicofármacos, que se ha multiplicado por tres en la última decada. La Organización Mundial de la Salud, pronostica que la depresión será en 2020 la segunda causa de discapacidad en el mundo desarrollado.

 

A día de hoy el 15% de los trabajadores, tres millones en España- consume alcohol., hachís y/o cocaína hasta la adicción para soportar el estrés y la ansiedad que les provoca su jornada laboral, según la Organización Mundial del Trabajo. Y hasta el mismísimo consejo general del Poder Judicial se ha planteado la posibilidad de evaluar la aptitud psicológica de los jueces al constatar que algunos sufren padecimientos psíquicos- ansiedad, depresión o patologías mayores- que pueden interferir en su trabajo.

¿Qué nos está pasando?, ¿ estamos todos locos?.

 Yo creo que no. Lo que pasa es que más allá de algunas patologías emergentes, relacionadas con el envejecimiento de la población  y la eclosión de ciertas adicciones, los trastornos mentales siguen siendo los mismos. Lo que sí hay, es un incremento en la demanda  de servicios de salud mental. Antes sólo acudían a los profesionales los casos más serios, pero hoy mucha más gente que sufre pide ayuda y la pide antes.

Tenemos mayor nivel económico y cultural, hay un mayor grado de exigencia y expectativa respecto al bienestar emocional, y ha bajado el umbral de tolerancia al sufrimiento. No sabemos manejarlo. La vida conlleva dolor, pero ha calado la idea, propagada por los medios, de que tenemos derecho a la felicidad, y hay quien acaba de pasar por la pérdida de un ser querido, una ruptura amorosa o un revés laboral y pide un remedio rápido, una pastilla para superar ese malestar. Se está psicopatologizando la vida cotidiana.

Los psicólogos y psiquiatras, llevamos décadas, soportando mucha angustia y dolor durante nuestra jornada laboral. Las cajas de pañuelos de papel que presiden nuestras consultas se reponen a diario. A nuestras consultas acuden -derivados por sus médicos de cabecera- millonarios, amas de casa de barrio, operarios de cadenas de montaje, ejecutivos y aldeanos de la zona. Dejando aparte a los enfermos mentales graves o crónicos- pacientes tradicionales- de la llamada psiquiatría pesada, más de la mitad de ellos sufren lo que los expertos denominamos “patología menor del sufrimiento” o  “malestares de la vida diaria”.

No hay que restarle importancia, nadie va al psiquiatra por deporte. Todos vienen con un sufrimiento físico y mental importante, pero atendemos cada vez más gente con dificultades para encajar y gestionar crisis vitales comunes. Contrariedades que antes se afrontaban y superaban con los propios recursos y el apoyo familiar y social. Parece que esa red está fallando. Aquí vienen chicos de 19 años hundidos porque les ha dejado la novia.

 La organización del trabajo ( jornadas laborales maratonianas, turnos de trabajo, la imposible conciliación laboral-familiar, el desempleo cada vez mas frecuente), está apretando las tuercas a la gente de forma brutal, y esa presión se traduce en problemas de ansiedad y trastornos depresivos.

Las patologías psicológicas más emergentes están relacionadas con el trabajo o la falta de él.

 El porcentaje de pacientes de nuestra consulta con trastornos derivados del estrés laboral  es igual a la suma de los que sufren trastornos alimentarios y alcoholismo juntos. Es un problemas serio que afecta a la sociedad mundial, pero son los políticos, empresarios y sindicatos los que tendrían que involucrarse y prevenirlos. No deberían psiquiatrizarse y medicalizarse asuntos que son puramente sociales.

 Angel lleva dos semanas de baja. Su médico de familia firmó el parte sin más y le derivó a los servicios públicos de salud mental. A pesar del sello “ preferente” que luce su historial, le han dado cita para dentro de dos meses, así que Angel ha optado por acudir a una clínica de psicología privada.

Una consulta de 75 minutos a la semana. Por ahora lo que le dice el psicólogo le entra por un oído y le sale por el otro. “No sé de que habla”, confiesa. Sigue con la medicación prescrita por el psiquiatra, pero no mejora. Se encuentra casi siempre “ansioso”, y soporta alguna crisis puntual con las pautas de respiración que le dio la doctora. “Un día, después de un ataque horrible, me pasé la tarde en la cama, llorando. Estallas, te rompes, te desprecias por lo que te pasa. Todos te dicen que te animes, que eres tú quien tiene que salir de esto. Mi hermana me dijo que le daban ganas de darme un guantazo a ver si me espabilaba, y la verdad es que yo también quería que me lo dieran”.

Hoy hace un año que murió su padre. Han sido tiempos duros para Angel. Primero fue una operación por un problema de esófago cuya posible evolución no se le quita de la cabeza. Luego, el embarazo y nacimiento de su segundo hijo con el terremoto del primogénito todavía en pañales. Las oposiciones para hacerse plaza sin dejar de trabajar. La angustiosa enfermedad de su adorado padre, condenado a muerte al poco de jubilarse. Ley de vida. Pero la vida, a veces puede hacerse muy cuesta arriba.

Los médicos de familia suelen ser los primeros en ver de frente el dolor del alma. Uno de cada tres pacientes que entran a su consulta sufre padecimientos relacionados con la esfera psíquica, muchos dolores de cabeza, de estómago o malestar general enmascaran problemas psicológicos. Es importante que los profesionales estemos alerta y tengamos las gafas puestas para detectarlo de forma precoz, diagnosticar y poner en marcha la cadena de tratamiento. Por muchas causas no siempre ocurre así.( basta recordar la huelga de médicos de familia de Madrid reivindicando diez minutos para atender a cada paciente).

Falta tiempo, apoyos, palabras. Los españoles, con una media de nueve amigos por cabeza, ocupamos los primeros puestos en empatía y habilidades sociales en una encuesta europea. Salimos mucho, tomamos muchos cafés y copas, charlamos por los codos, pero ¿hablamos de lo que nos duele?.

Yo, no lo creo. A la mitad de los que vienen a consulta les doy el alta en tres entrevistas. Están mal porque no aguantan a su pareja, o su jefe les putea, o se ha muerto su madre. Les escucho y les digo que tienen un problema, claro que lo tienen. Yo soy su psicólogo, no su amigo.”Esto es como la DGT”, les digo, “ yo no puedo afrontar sus problemas por usted”. Un psicólogo no es tu amigo, es un profesional que conociéndose bastante bien a sí mismo ( en el mejor de los casos), ayuda( con múltiples técnicas) y de forma atenta y comprometida a superar las dificultades de la vida y a madurar y crecer como persona a su paciente.

Siempre me sorprendo, cunado pregunto a mis pacientes a quién le cuentan sus penas.

“Muchos dicen que a nadie, que no quieren preocupar a la familia o dar la lata a los amigos, que bastantes problemas tienen todos para irle uno con los suyos. Será por el estilo de vida, las prisas, el trabajo, pero falta ese apoyo básico”.

La mejor película española de 2007 según los miembros de la Academia de Cine que le otorgaron el Goya se titula “La soledad”. Hablaba de gente de aquí y de ahora. Personas integradas, con familia, amigos y compañeros de trabajo, que sufren en silencio los reveses de la vida.Adela, la protagonista, pierde a un hijo, y a las pocas semanas sus amigos pretenden que se vaya de vacaciones para animarse. “Estar con alguien triste es incómodo, y el que lo sufre lo sabe, por eso se traga su dolor”, explicaba el director del filme, Jaime Rosales. Su colega Daniel Sánchez Arévalo ganó el Goya al mejor director novel en 2006. La cinta galardonada, azuloscurocasinegro, tiene una dedicatoria expresa: “A Mario, mi psicólogo”.Sanchez ha pasado 18 años de su vida- desde los 16- acudiendo dos y hasta tres veces por semana a la consulta del psicoanalista. “gracias a él me convertí en narrador”, sostiene el cineasta. Daniel  se rebela cuando escucha decir de alguien aquello de “bah, ya se le pasará, está depre” o “bueno, tiene sus cosas, pero está bien, le han hecho pruebas y no tiene nada ”sabe lo que es estar mal, fatal, en las últimas, y que nadie acabe de creérselo. “vivimos en una sociedad donde no se tratan igual las enfermedades mentales que las físicas, y lo que no se ve en un TAC, no existe”.

 

En mi despacho lo más sofisticado es un ordenador. Especializado en psicopatología clínica en adolescentes y adultos, con un gabinete abierto desde hace 15 años. Las salas están llenas de chavales con el uniforme del colegio o la ropa interior asomado por el vaquero. También hay tipos trajeados, cuarentonas de mechas perfectas, y damas y caballeros de edad. Cada caso es un mundo. “Tenemos trabajo…”, que atribuyo al “boca a boca y a una sólida trayectoria”.

 

Cada caso es un mundo, pero una intervención media viene a durar “ de tres a seis meses”, con una consulta semanal o quincenal, según el caso.

 

Parece que Angel empieza a conectar.

 

No hace tanto, ir al psicólogo, y no digamos al psiquiatra, era lo último. A uno lo llevaban atado. A no ser que se tratara de un niño: por los críos, lo que haga falta. “En los noventa, la gente empezó a llevar a sus hijos rebeldes, tímidos o con problemas de aprendizaje al psicólogo. Eso naturalizó la relación y fue la puerta de entrada de muchos adultos. Si al niño le funcionaba, ¿por qué no a los padres?”.

En nuestra profesión que, como tal, tiene 30 años de historia y que cuenta hoy con casi 50.000 ejercientes en todo el país. Sobre todo mujeres, en un proporción de un 70%-30% en las consultas y un abrumador 80%-20% en las facultades de la especialidad.

 

Para mí, hay un antes y un después de la profesión: el 11 de Marzo de 2004. Ese día, 900 mujeres y hombres se pusieron  una bata blanca y un letrero de “psicólogo” sobre el pecho, y se presentaron voluntarios al Instituto Ferial de Madrid, donde miles de personas desquiciadas esperaban noticias de sus seres queridos masacrados en el peor atentado terrorista de España.

 

 

Creo que aquella intervención, – yo de hecho asistí a  tres durante dos años-,  asistiendo a las víctimas, fue positiva. Se hizo bien, se evitó el contagio emocional a la población, y se cambió la percepción social de la profesión. Se vio gráficamente la utilidad del psicólogo.

 

“ No sé qué guardas ahí dentro. Seguro que nada bueno. Y si no te escucho, ¡grita!.en Enero de 2005, Pau Donés cantaba estos versos en aquel anuncio de Sanitas que preguntaba a los telespectadores: ¿Qué haces cuando te duele el alma?. Por primera vez, una mutua sanitaria privada incluía la atención psicológica en su catálogo básico. “Ese año, la psicología se convirtió en la tercera especialidad más demandada, después de medicina familiar y pediatría.

 

La psicología vende. También libros, revistas y programas de televisión. Los manuales de autoayuda arrasan. Una publicación mensual como Psychologies despacha 180.000 ejemplares en plena crisis del papel. Y Supernanny, un programa en el que la psicóloga Rocío Ramos-Paúl orienta a los padres para bregar con sus criaturas, es una de las joyas de la Corona de Cuatro. El peligro, para mí, está en frivolizar la profesión, en psicopatologizar todo lo que nos ocurre- cuando oigo lo del síndrome posvacacional me entra vergüenza ajena-, y vender que todo tiene remedio con una píldora.

 

Los psicofármacos son buenos aliados si son necesarios, pero no lo son siempre. Tenemos que hacer verle al paciente que el remedio a sus problemas no es una pastilla, sino que se requiere un esfuerzo por su parte. Las personas con trastornos mentales son enfermos, se han resentido o perdido alguno de sus recursos emocionales, y necesitan rehabilitación. 

Cuando te rompes una pierna precisas muletas un tiempo, pero tienes que hacer ejercicios, trabajar para volver a andar bien. Esto es lo mismo.

La industria farmacéutica quiere vender, y presiona a los facultativos para que prescriban. Los nuevos psicofármacos tienes menos efectos secundarios, son menos peligrosos, y cada vez más médicos se atreven a recetarlos. Además, el paciente ve la tele, curiosea en Internet y pide algo que le ayude. Así, todos contentos, pero se está sobrerrecetando.

 

El incremento del consumo de psicofármacos es escandaloso y no veo una mejoría en la salud mental general de la gente. Considero que algunos psiquiatras sólo dedican diez minutos de consulta a un paciente sólo para recetarle pastillas, ¿por qué no ponen una máquina expendedora en la puerta?. Nuestro oficio es como otro, como el de barbero; pero hay que ejercerlo bien, y eso requiere tiempo, atención y dedicación.

 

Angel ha vuelto a trabajar. Ha estado casi dos meses de baja. Ya no tiene crisis. Sigue medicándose.”Me da más miedo dejarlo que engancharme, tengo muchas posibilidades y me aterra no ser capaz de afrontarlas”. Su vida es exactamente la misma que cuando empezó al sinvivir.”pero ahora soy yo. Ni más contento, ni más triste.Yo”.

 nota. Angel ,es un nombre ficticio.

 P. Casalta Ferrer. Octubre 2013.

 

 

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