Para los (mal) educados.

El arte de frustrarimages

Parece que educar a un niño se basa en que asuma normas, reglas, y que tenga un funcionamiento social adecuado.Bien educado es sinónimo de ser cortés, correcto, que actúa según las conveniencias sociales, que hace lo que se espera de él, y que en definitiva, es una persona normal y que no va a dar problemas, ni hará nada que pudiera ser considerado impropio de la formación que ha recibido. Previsible en lo formal y plano en el afecto.Hay que aceptar lo que te digan, actúar segun se espera de tí- pensara para sí- , eso sí, bien educado.Un buen muchacho, de los que no darán problemas. ¡Pues no!.

Educar no es llenarles a los hijos la agenda cotidiana con miles de actividades, cursos , prácticas deportivas y encuentros sociales para que no se aburran y para que no molesten. Educar no es adular. Educar, en el verdadero contenido del concepto, es, dice Moreno Castillo, frustrar. Tomando la cita de Rousseau, escribe el autor del Manifiesto: «Es razonable quien sabe dialogar, lo cual significa saber escuchar cuando se le habla en lugar de mirar para otro lado. Es razonable quien respeta el derecho de los demás (…) Es razonable quien no ensucia a propósito el suelo porque ha aprendido que los encargados de la limpieza no son esclavos. Es razonable quien reconoce cuando se equivoca y sabe cuándo tiene que rectificar y pedir disculpas. Todas estas cosas tienen un origen común que se llama buena educación». Como se advierte, son cosas que no se aprenden en la escuela (aunque se pueden reforzar en ella). Se aprenden en la casa, con los padres.

 «¿Quién de nosotros jamás cruza la luz roja del semáforo mientras trae a sus hijos en coche al colegio?». O esta: «¿Quién de nosotros no habla jamás por el celular durante ese mismo viaje, mientras conduce?». O ésta: «¿Quién de nsootros no estaciona en lugares prohibidos o en doble fila al final de ese mismo viaje?». O esta: «¿Quién de ustedes usa siempre el cinturón de seguridad en ese viaje?». La honestidad en las respuestas es condición necesaria para hacer una reflexión útil. Sólo la última pregunta (y no siempre) tiene una respuesta afirmativa unánime. Sorprende, aunque no debería, el alto porcentaje de respuestas negativas en los demás casos. Bien, esos padres y madres, mientras llevan a sus hijos al colegio los están educando. Lo están haciendo con su presencia y con sus actos, que es como se educa. Cuando eliminamos estas dos herramientas fundamentales sólo quedan sermones huecos y discursos vacíos. Las excusas de estos padres educadores («Lo hago para no llegar tarde», «Esa conversación telefónica es importante para mi trabajo», «Si estaciono en la otra manzana el nene tiene que caminar y quiero evitarle el frío de la mañana», «Sé que el cinturón es importante pero por una vez no pasa nada»), son sólo eso: excusas. Siempre queda la posibilidad de salir unos minutos antes de casa, para lo cual habrá que dormir un poco menos, o de apagar el celular durante el viaje porque con eso no se apaga el mundo, o de caminar una manzana y hacer una pequeña cuota de ejercicio compartido que no matarán ni al padre o madre ni al hijo, o de recordar que los accidentes no ocurren cuando uno los planea. Mientras los padres y madres dan estas excusas los chicos ya aprendieron a no respetar reglas de convivencia, a saltarse los límites, a despreciar la seguridad y la prevención y a poner lo urgente por encima de lo importante. En todos estos campos educan los padres, no la escuela.

Se educa con las actitudes y se educa también con la fijación de normas, reglas y límites. Como producto de esto los chicos tienen que hacer a veces cosas que no les gustan a horarios que no les gustan, tienen que aceptar a quienes no les caen bien de entrada, tienen que comer cosas que los alimentan a ellos en lugar de basura que sólo alimenta los bolsillos de quienes las producen y venden, tienen que ceder y respetar prioridades de los adultos (sus educadores), tienen que aprender, en fin, que el amor es una construcción conjunta y activa, hecha de actos y de gestos, de compromisos mutuos, tienen que aprender que los derechos y los deberes son inseparables y que la responsabilidad (hacerse cargo de las consecuencias de las propias acciones) es la verdadera llave de la libertad porque nos enseña a elegir. Todo esto no lo aprenderán leyendo sino viviendo con sus guías, mentores, progenitores, referentes. Buena parte de ese aprendizaje será trabajoso, a menudo resultará incómodo, generará rabietas.

Esto, el dolor, la decepción son, también parte del crecimiento. Los árboles no crecen sólo en días de sol, de riego abundante y de cuidado extremo; su desarrollo combina eso con las nevadas, los granizos y las sequías. El fruto jamás aparece en la primera etapa del desarrollo de la planta, sino cuando ésta ya progresó, maduró y está en condiciones de darlo. El fruto lo es también de las frustraciones. Moreno Castillo se pregunta quién ha metido en la cabeza de los padres la extraña idea de que se educa a un hijo dándole todas las prioridades, ninguna postergación, ninguna negativa. Por qué, se pregunta, lo que antes lo intuían los labradores analfabetos hoy lo ignoran padres y madres con estudios. «¿Es el miedo a llevar la contraria, a crear traumas?», se pregunta. Y avanza: «Un niño no se traumatiza tan fácilmente, y si lo que se desea es no frustrar más vale renunciar a educar. Cuando se le exige a un niño que como a horas fijas y no abuse de los dulces, se le frustra. Cuando se le manda a apagar la televisión o el ordenador y a ir a la cama temprano para que pueda después rendir en la escuela, se le frustra. Cuando se lo obliga a sentarse para que haga las tareas que le mandó el profesor, se le frustra. Y cuando éste le hace repetir un examen porque cree que no ha dado de sí lo suficiente, o lo castiga porque se ha metido con un compañero más débil, también se le frustra. Quien quiera ver siempre niños felices, que se haga payaso de circo, dicho sea sin el menor desprecio por los payasos. Hacer reír a los niños es, sin duda, un noble y hermoso oficio, pero no es el oficio del profesor ni tampoco la tarea fundamental de los padres».

 

P. Casalta Ferrer. Marzo 2013.

 

 

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