LOS HIJOS.

Los hijos, nuestros hijos, son como los frutos del árbol. Frutos de nuestra vida compartida. Frutos que – a su vez- son raíces. Raíces que nos atan y empujan para crecer juntos. Vendrán primaveras y otoños, y ese fruto volverá a ser raíz, y así sucesivamente…en el gran bosque de la vida.

Y es que a medida que nuestro retoños van creciendo, va creciendo su árbol y su copa se hace más grande y compacta. Si estamos demasiado juntos, proyectaremos sombras, sombras que impedirán que les llegue el aire y el sol. Si estamos distanciados, todo el viento y la tempestad será para ellos, no servirá nuestra cercanía por que será distante y estarán a la intemperie. Hasta que, alcanzada su madurez, ese árbol,-ahora ya- alto, frondoso, robusto,  será divisado desde el horizonte como el árbol nuevo y joven que es, abriéndose paso entre las ramas del bosque para encontrar su rayo de luz, que le nutrirá para seguir creciendo y ya no necesitará abrigarse entre los que le vieron crecer.

Estar sin molestar; acompañar sin dirigir, tutelar sin someter. Y todo eso, sin pedir nada a cambio.

Las alegrías de la paternidad vienen en un solo y mismo paquete con los sinsabores del autosacrificio y el temor a peligros desconocidos.Tener o no tener hijos es probablemente la decisión con más consecuencias y de mayor alcance que pueda existir, es una decisión estresante y generadora de tensiones a la que uno pueda enfrentarse en el transcurso de su vida. Implica sopesar el bienestar del otro, más débil y dependiente, implica ir en contra de la propia comodidad. La autonomía de nuestras preferencias se ve comprometida una y otra vez, diariamente.

Tener hijos, implica comprometerse irrevocablemente, aceptar esa dependencia por un tiempo indefinido y con final abierto.

P.Casalta. Enero 2012.