Las desgracias…

Un accidente, una pérdida, una ruptura, un despido…las desgracias, pueden servirnos para madurar.Todo depende de si las vemos como problemas u oportunidades.
Somos el resultado de las experiencias que hemos vivido a lo largo de nuestra vida. O mejor dicho, de cómo las hemos interpretado y de la actitud que hemos tomado frente a ellas. La mayoría de acontecimientos que forman parte de nuestro día a día transcurren casi sin hacer ruido, hay algunos hechos que nos marcan para siempre y dejan una huella imborrable en nuestra mente y en nuestro corazón. Una larga enfermedad. Un accidente de tráfico. Ser despedidos del trabajo. La ruptura de una relación sentimental. La traición de un amigo. La muerte de un ser querido. Las peores experiencias, las más difíciles de afrontar son precisamente las que nos posibilitan evolucionar y madurar como seres humanos. Todo depende de cómo las veamos: como problemas con los que quejarnos y victimizarnos o como oportunidades de superación y aprendizaje.

Aunque suela vivirse como un proceso difícil, incómodo y doloroso, muchas personas reconocen que gracias a sus conflictos existenciales han conectado con una fortaleza interior que desconocían.Y no sólo eso. La experiencia del sufrimiento y el malestar que les ha llevado a replantearse por completo su vida; a cuestionarse sus creencias y sus valores, y a cambiar así su manera de ver y de relacionarse con el mundo.

Este enfoque constructivo y optimista, no tiene nada de nuevo.

Sin embargo, los seres humanos tenemos un peculiar rasgo en común: tendemos a olvidar lo que deberíamos recordar y a ser víctimas y esclavos de esta negligencia.

P. Casalta Ferrer.
Junio/15.

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