La personalidad posmoderna.

Trastornos de la personalidad posmoderna.

Observo una progresiva enfatización de los síntomas en el análisis psicológico derivado de los contextos profesionales de salud mental, inversamente proporcional a la investigación de la historia del sujeto.

Seguramente criterios económicos estarían en la base de esta exclusivización o recorte  a la investigación clínica en torno a los síntomas, lo cierto es que los tratamientos psicológicos podrían verse mejorados si se hiciera mas psicología, si se conociera mas y mejor  a la persona que requiere esos servicios.

Citaría ciertas características del sujeto moderno, entre las que destacaría la especial e intensa dependencia de afecto y cariño, que les haría elevar la susceptibilidad y el temor  a ser heridos, lo que redundaría en una incapacidad para ofrecer lo que se demanda.

Dicha dependencia e incapacidad para amar, se ejemplificaría en los arreglos neuróticos de la queja para los autos (baja autoestima, autoconcepto y autoafirmación), en la propulsión a alardear de sí y de los objetos, en la manifestación de hostilidad hacia los demás y en el comportamiento sumiso.

Ya Ortega distinguía entre el individualismo inactivo o autocomplaciente, en el que el narcisista escondería su rencor y envidia, del individualismo creador en el que siguiendo la formulación de W. James, el sujeto se hace valer por lo que hace- por los méritos, por apoderarse del máximo posible de comprensión del mundo.

Es, para mí, la búsqueda de afecto el método de la cultura actual para asegurarse contra la angustia, así como el afán de poder, fama y posesión, para dar al sujeto una sensación de mayor seguridad.

La necesidad de control lleva aparejada una enorme impaciencia, irritabilidad, miedo al fracaso, baja tolerancia a la frustración y la incapacidad para construir relaciones recíprocas. Dicho sujeto vive como si careciera de historia; se trata de una postura en la que el sujeto se evade de la responsabilidad de hacerse cargo de su propia existencia, como si no le incumbiera dirigirla.

De ahí a la desesperación de una sociedad incapaz de enfrentarse al futuro.

La pérdida de confianza en la política, de la que le sujeto se ha distanciado tras el activismo social de los sesenta, se presentaría como la consecuencia del capitalismo tardío, donde la política es  ejecutada desde virtuales multinacionales despersonalizadas. Esta pérdida de referentes para el sujeto podría consolidarse en un repliegue hacia el sí mismo, cuyo paradigma sería el Yo narcisista.

Las dimensiones de la personalidad narcisista serían el vacío interior, la hostilidad, el exceso autorreferencial, el temor al fracaso y a la vejez, las relaciones efímeras y deteriorantes, el temor a la dependencia de los demás, la insatisfacción generalizada, el odio a uno mismo-mas que el amor propio- y la idolatrización de famosos que sólo tienen en su haber una buena imagen.

El comportamiento consumista, como uno de los grandes resultados de la socialización del Estado del  bienestar, tendría a su vez un efecto en la conformación del Yo; podría decirse que el Yo se reencarna, en gran medida, en los productos que se consumen; ya no se venden objetos sino propiedades psicológicas (por ejemplo, jeans que son “libertad”, coches que son “elegancia”, cremas que dan “juventud”, etc…). Dichos objetos con propiedades subjetivas conforman a un Yo tan volátil y efímero como las modas.

La rápida adolescencia de los objetos consumibles interesa a productores, mediadores, también a los propios consumidores, dado que el valor de los objetos reside en la función nutricia psicológica ( “tener personalidad”, «juventud», «libertad», «seguridad”) que, al no estar sustentada en una historia personal consistente sino en una acción inmediata y circunstancial, perdería vigor o efecto tras un repetido contacto con el sujeto, a modo de extinción psicológica. Así el Yo “ya no es hijo de sus obras”- siguiendo la célebre frase cervantina de su Quijote- sino el resultado de un proyecto de marketing ajeno a su control.

En la época posmoderna se ha producido al irrupción de la tecnología de la comunicación. Teniendo en cuenta que el contexto comparativo ha aumentado vertiginosamente para los sujetos de nuestra época  y por tanto para la competencia, (por un buen trabajo, fama, buena imagen, éxito, poder, etc…), junto con un aumento de las posibilidades reales y virtuales de control, podría concluirse que existen unas condiciones sociales que facilitan las probabilidades de neurotizarse.

El extraordinario incremento del contacto con otras personas facilitaría el diálogo privado sobre ellos, con lo que la vida subjetiva se ha ido expandiendo y tomando una relevancia insospechada en otras épocas.

Tanto el subjetivismo como la saturación social podrían ser los valedores del paso de un Yo estable a otro circunstanciado al extremo en sus múltiples relaciones.

Este exceso de atención autofocalizada se advierte como básico en la mayoría de los trastornos psicológicos, dado que puede ir en detrimento de la funcionalidad de la persona. Si esto es así, el sujeto se construiría en esta trama social, en la que la identidad personal es difícil de mantener establemente en un coro social tan contradictorio; pudiendo resultar un Yo esquizoide ( fracturado), límite ( múltiples yoes con presentaciones inestables, desdibujadas y extremadas) o narcisista.

Volviendo al presente se consideraría que una gran cantidad de individuos de la sociedad posmoderna, descritos con estilos de personalidad esquizoides, límites y  narcisistas, no manifestarían comportamientos relacionados con la mejora de su autoconcepto e imagen corporal desde el bienestar y consistencia del Yo, sino mas bien desde la angustia ante las enormes demandas del medio social actual, la perplejidad del “self”  y el vacío ante un proyecto vital que no tiene pasado ni futuro, sino un presente que “aliviar” para salir del paso. Sería una forma de carpe diem cuyos valores serían evitar el dolor anticipado- no tanto el dolor realista y contingente a la vida- al rechazo, al fracaso, a la asunción de la responsabilidad de hacerse cargo de su vida y restaurar denodadamente la herida narcisista de ser alguien en el mundo, – por cierto, un mundo donde el Yo se está fragmentando-.

Pasqual Casalta Ferrer. Julio/10. Vila-real.Cs.