La edad no debería hacernos viejos.

Socialmente a los 65 años, la edad de jubilación, (aunque ahora son los 67), una persona se convierte en persona mayor.   La edad no debería ser un pretexto para hacerse viejo.   Hay un prejuicio social tan establecido que nos convence a todos y entramos en el «ya no tengo edad para…». Pero lo peor de los prejuicios es para el que los tiene, eso envejece terriblemente. Yo tengo dos posturas para encarar el sentido de la vida. Qué quiere de mí la vida, y que quiero yo de la vida. Cuando las circunstancias han podido con uno, no queda otra que preguntarse qué quiere la vida de mí, qué puedo hacer, ¿sirvo para algo? y cuando uno está con sus proyectos, debe mandar el qué quiero yo de la vida. Lo que te da de sabiduria el vivir es un regalo. Con la edad se crean prolongaciones neuronales para estrategias nuevas para enfrentarse a nuevos cambios.

Es sorprendente que justo cuando nos llegarán  los últimos años nos llegarán  los mayores cambios. Incluso tengo amigos mayores que han cambiado de profesión. Hay que permitir estos cambios. Los mayores son un  nuevo grupo social y por tanto debemos improvisar cómo ser mayores. Pero el juicio de la sociedad pesa demasiado.

Hay que saber adaptarse, en eso consiste la sabiduría, pero lo imprevisible asusta. En aceptarlo radica la creatividad. El debate en grupo, el intercambio, es útil.

Ahora , nuestros mayores, tienen la posibilidad de conocer cuatro generaciones, el cambio intergeneracional es muy deseable, y nos podemos dar mucho los unos a los otros. Solemos pensar que envejecer es una enfermedad cruel, pero es algo paulatino y siempre se está a tiempo de cambiar hábitos que nos hacen mal, desde físicos hasta piscológicos.

Como dice Woody Allen la vida es tragicómica, pero el porcentaje de risa o de llanto se lo pones tú. Creo que por ahí anda el secreto de la vida, y procurar no engañarse demasiado, y tratar de aclarar el conflicto interior entre lo que deseo y lo que hago. Este conflicto se resuelve a diario. El conflicto está hecho de pequeñitos momentos. No hay que agrandar la bola, hay que parar: tengo que estar cada vez mejor, y no al revés. Y saber pedir ayuda es importante y hermoso, y no estoy hablando de un profesional sino de un ser social.

La mayor herramienta es la trascendencia: ver más allá de tu ombligo, que te importe algo mas allá de ti mismo.

P. Casalta. Agosto 2012.